Logré entrar, por fin, luego de tantos vacíos meses de intentar girar la llave. La cerradura cedió finalmente provocándome una satisfacción única. Regresé la mirada hacia la puerta por donde había entrado y allí vi a todos ellos, parados en una fila india, mirándome con decepción y desprecio por haber entrado en su lugar, en el cuarto no entrábamos más, solo nosotros dos.
Las luces que me cegaron en un principio se habían convertido en tenues rayos que suavemente iluminaron el lugar, que aunque seguía oscuro, podía ver a través de él y es ahí donde encontré ese par de ojos. Me sobresalté, no esperaba verlos tan cerca. Cada vez se fueron acercando más y más, a medida que se cerraban, consecuentemente los míos también se cerraron. Solo veía oscuridad, mis párpados por dentro, pero sentía muchas cosas. El lápiz de su rostro me dibujo una sonrisa en la cara.
Se disolvió la escena a un patio, busqué con la mirada la puerta de entrada, no la encontré por ningún lugar, ya estábamos dentro, y la puerta de entrada había desaparecido, no se podía regresar a lo que una vez fue. La unión creció más y más por cada segundo que pasaba, todo iba perfecto. El tiempo tomó un red bull y le salieron alas. Vi mi celular, eran cerca de las 3 de la mañana, no quería irme, quería quedarme ahí, para siempre, en ese pequeño mundo perfecto en donde el tiempo era relativo y los problemas no existían.
El tiempo dentro del lugar terminó, tenía que irme, ya había estado mucho tiempo allí, me paré, no podía sentir ninguna parte de mi cuerpo, todas se habían tomado unas pequeñas vacaciones de mí. Caminamos lentamente hacia la puerta de salida, se abrió muy despacio y le dije adiós al lugar de la manera que siempre había querido hacerlo. Se cerró la puerta detrás mío, sin antes dar una última mirada a lo que contenía.
Caminé siguiendo mis instintos, una enorme sonrisa de satisfacción en la cara, intercambiando palabras con la sombra que caminaba junto a la mía, por primera vez en mucho tiempo, había salido todo como se planeó. El sueño se apoderó de mí y caí dormido manteniendo la plácida sonrisa. Todo iba perfecto.
Me despertó la matutina luz del sol la mañana siguiente, era hora para ir a casa, me levanté con todos aún dormidos, me despedí y salí, caminé una media hora hasta llegar a mi casa, la sonrisa no se había borrado, y por primera vez en mucho tiempo me sentí completamente feliz.
Me encontraba de nuevo dentro de las cuatro paredes de todos los días. Logré al fin hablar con el motivo de mi felicidad y es en este punto donde la felicidad se vio interrumpida. Todo derrumbó, se destruyó lentamente pero al mismo tiempo tan rápido. Todo explotó, colapso, los recuerdos se desvanecieron en el aire como el humo del cigarro que compartimos se perdía en el viento. Descompresión, autodestrucción.
Me encontré, una vez más, en el cuarto oscuro, miré a ambos lados a ver si la encontraba, no, no había nadie. Caminé, la brisa helada me detuvo una vez más. Busqué mi sonrisa a la que ya me estaba acostumbrando pero no estaba por ningún lugar. Comencé a angustiarme, seguía sin encontrarte, vi a lo lejos a unas personas, caminé por el sendero más oscuro hasta que caí en el vació. Me esperaron casi dos horas de caída libre, sentía la brisa cortarme la espalda como un cuchillo, cada segundo que pasaba me sentía peor, hasta que finalmente, cuando estaba a punto de chocar el suelo, unos brazos me cogieron, volteé la mirada rápidamente para ver si era ella. No, eran mis amigos. Los verdaderos amigos. Mi energía se recargó, no totalmente pero ya no me sentía tan mal.
Parado frente a la puerta de entrada, pero esta vez, no quise entrar. Toqué la puerta y entonces ella abrió la pequeña ventanita que nos dejó comunicarnos. Me quedé sentado junto a la puerta cuatro largas horas hablando con ella, con algunas pausas pero abarcando lo importante. Le hice muchas preguntas cuyas respuestas no supieron calmarme. Me dijo que espere, el tiempo lo resolvería todo. Empecé a hacer maletas para partir en un viaje de pensamientos, que espero pueda aclarar mi mente. Lo llamas confusión, podría ser también inseguridad, pero entonces, si lo sabías, ¿por qué dejaste que sucediese? Tantas preguntas se formulan que en realidad es mejor dejarlas inconclusas.
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